La Marcela es una planta silvestre, lo que por estos lares llamamos “yuyo”, que crece, hasta donde yo se, en los cerros y en toda la franja costera. Consumida desde tiempos inmemoriales por los pobladores de estas tierras, su flor tiene una cada vez más variada gama de efectos medicinales, al punto que uno de nuestros más importantes centros de investigación científica la ha tomado como objeto de estudio y, a partir de ello, un laboratorio nacional ha desarrollado toda una línea cosmética que está teniendo muy buen suceso. Pero la forma tradicional de consumirla es como lo estoy haciendo mientras esto escribo, en tizanas ya sea sola o acompañada con otros “yuyos”.
Para estos fines es que es tradición recoger en “Viernes Santo”, toda la que se va a consumir durante el año. La familia de mi esposa, y yo desde que me integré a ella, cumple con ese rito en la franja de médanos contigua a la playa donde tiene su casa de veraneo. Así fue como estas Pascuas nos dirigimos a ese sitio a recolectar la preciada Marcela. Grande fue nuestra sorpresa y dolor cuando al llegar al lugar donde concurrimos año tras año, descubrimos que había sido devastado por uno de los tantos incendios que verano a verano asolan nuestras costas.
Aún así decidimos explorar la escasa vegetación que quedaba en el lugar con la esperanza de encontrar algunas plantitas perdidas que nos dieran una cantidad de flores que, usada a conciencia, pudiese darnos para cubrir nuestra necesidad anual.
Ustedes se preguntarán a qué viene esta anécdota tan trivial y poco interesante y la respuesta tiene que ver con lo que fui observando y reflexionando mientras hurgaba en esos castigados médanos.
Lo primero que me chocó fue encontrar infinidad de vidrios y botellas rotas desperdigadas por el lugar. Sabido es que la inmensa mayoría de los incendios estivales son provocados por la imprudencia, negligencia o insanía del hombre y sabido es también que en la génesis de muchos de ellos juegan un papel muy importante los pedazos de vidrio tirados que ofician de verdaderas lupas, y todos recordarán cómo las maestras nos enseñaban lo que una lupa al sol podía hacer.
Mientras recorría sin éxito o encontrando muy pequeñas plantas, recordaba lo fácil que era la recolección 18 años atrás, cuando me integré a la tradición, y como año a año se fue haciendo más difícil, fruto tal vez de la depredación que los humanos íbamos haciendo al arrancar plantas enteras. Y recordé mis charlas con Alberto, mi chamán de cabecera, y sus comentarios acerca de que mientras el hombre occidental arrasa con la naturaleza en su afán de querer sacar de ella todo lo más que pueda sin medir las consecuencias, en el mundo indígena, o aborigen si tenemos en cuenta que esta es una práctica que se repite en diferentes culturas a lo largo y ancho del planeta, se toma solo lo que se necesita. Es más, en algunas culturas se pide permiso antes de tomar algo de lo que la naturaleza ofrece y luego se agradece. Y lo que no es menor, no se abusa porque se sabe que si se hace es posible que no se encuentre cuando se vuelva a necesitar, o que no encuentren quienes vengan detrás, algo que nuestro tan occidental egoísmo no nos permite considerar.
Difícilmente las personas que dejaron esas botellas tiradas piensen en que alguien puedo hacerse una grave herida si pisa uno de esos vidrios semi enterrados en la arena, o que su negligencia pueda generar un incendio que, como lamentablemente pasa con cada vez mayor frecuencia, arrase con todo lo que encuentre a su paso destruyendo hermosos lugares, sueños y esperanzas, pero así es como nos vinculamos con nuestro ambiente, sin ver más allá de nuestra conveniencia y sin medir las consecuencias de nuestros actos y así es como agredimos a nuestro maravilloso planeta obligándolo a defenderse.
Pero esta realidad puede cambiar si damos el salto evolutivo que implica abandonar nuestro narcisismo para asumir la conciencia de nosotros, holística, de que somos una pieza más de un gran sistema, de un todo que es mucho más que la suma de sus partes.
Y lo paragógico es que para aprender esto no tenemos más que mirarnos a nosotros mismos dado que somos el mejor ejemplo de cómo funciona un sistema que a su vez está inserto en otros. Si agredo a mi estómago, todo mi sistema digestivo se resiente y reacciona generando un desequilibrio por el que la “gran unidad” que es mi ser se ve afectada y por ello, entre otras cosas, debo salir de mi y recurrir a la naturaleza que me provee de la Marcela que me ayuda a restablecer mi equilibrio y por ello me veo afectado por las personas que depredan las plantas y por quienes provocaron el incendio.
Pero como siempre hay esperanza, cuando estaba a punto de abandonar la búsqueda, recordé a Marlo Morgan y su “Voces del desierto” que acababa de leer y decidí plantear a la “Divina Unidad” mi propósito de que si encontraba alguna planta la respetaría tomando de ella solo lo que necesitara y expresaría mi agradecimiento por ello. Y aunque parezca mentira, no habían pasado dos minutos de ello cuando encontré un hermoso matorral de donde saqué las flores que estoy disfrutando en este momento.
Este texto fue escrito para ser incluido en una eventual segunda edición de “Encuentro con el Brujo” dado que, si bien a la fecha de publicación del libro, aún no conocía al protagonista, creo que todo lo que aquí se narra tiene una especial sintonía con el espíritu de mi trabajo.
Como veo cada vez más lejana la posibilidad de que esa nueva edición vea la luz, he decidido compartir el texto a través que este medio.
Desde hace unos tres meses vengo trabajando con un joven de 17 años que llegó a mí por un problema de adicción a sustancias psicoactivas. Desde el primer momento quedó en evidencia la conflictiva relación que mantenía con sus padres separados desde que él era muy pequeño y que en gran medida lo había llevado al camino del que hoy está intentando salir. Si bien ha hecho progresos muy importantes que permiten alentar un buen pronóstico, le cuesta mucho encontrar motivaciones que den sentido a su vida. En la última sesión antes de escribir esto, me contó que antes de comenzar su recuperación, había sentido muchos deseos de quitarse la vida y que había pensado seriamente en hacerlo. Ante mi pregunta de qué sentía en esos momentos, me contestó que creía que ya había vivido todo lo que tenía para vivir, así que le pregunté si aún seguía pensando lo mismo a lo que me contestó que, si bien ya no pensaba en suicidarse, sí seguía creyendo que había vivido todo. Entonces recordé lo que tenía en mi bolsillo y así fue como tuvo en sus manos algo que probablemente nunca más vaya a ver y mucho menos tocar, una piedra de la Luna, traída a la Tierra por uno de los astronautas de la misión Apolo.
La idea fue demostrarle en dos minutos cómo la vida es tan rica que siempre tiene algo nuevo para regalarnos y por lo tanto, nunca podremos decir que hemos vivido todo lo que teníamos a vivir mientras tengamos aliento. Una vez que me quedé solo, tomé la piedra en mis manos y mientras observaba su hermosura iba tomando contacto con la inconmensurble riqueza de la experiencia humana, nunca en mi vida había imaginado que iba a tener en mi poder durante una semana, un objeto de tamaño valor y mucho menos que iba a servir de herramienta terapéutica.
Y recordé la noche en que con mis padres observábamos asombrados en el viejo televisor Silvania, a Neil Armstrong dando su “pequeño paso para el hombre pero gran paso para la humanidad” ¿Cómo podía imaginar que, tantos años después, una de esas piedras que él estaba tocando iba a pasar por mis manos y servir para que un adolescente de este pequeño país comprendiera que la vida tendrá siempre algo con que sorprendernos y que eso es una de las cosas que la hacen más maravillosa?
Y la maravilla no está solo en haber sido portador momentáneo de esa bellísima piedra, sino en cómo ella llegó a mí.
Mi primer contacto con Alberto Zapicán fue telefónico a fines del 2001. Poco tiempo antes había comenzado a padecer de una hernia de disco que si bien en esos momentos había comenzado a ceder en sus efectos, hubo épocas en que los dolores eran tan insoportables que no había analgésico que los calmara y me habían hecho temer seriamente en no poder volver a tener una vida normal. Fue a raíz de esto que Tere, una de mis más queridas amigas, me habló primero y facilitó el teléfono luego, de quien ella creía que podía ayudarme mucho. Poco tiempo después tengo una charla con otra querida amiga a la que no veía desde hacía un tiempo y cuando le comento de la recomendación de Tere, me cuenta que había estado con un problema muy importante de salud y que gracias a este hombre lo había superado de manera cuasi milagrosa, así que me decidí a llamarlo. Pero esa vez no tuve suerte, muy posiblemente el Intento había decidido que aún no era el momento. Pasó el tiempo, mi hernia fue molestándome cada vez menos, volví a tener una vida prácticamente normal, con algunas limitaciones que cuando me excedía me recordaban que mi adversaria seguía allí, hasta que, en la presentación de la primera edición de este libro, un querido amigo al que nunca hubiese asociado con Alberto, me habla de él y me expresa su deseo de ser quién nos presente. Pasó un año y los sincronísmos volvieron a marcarme el camino. Había comenzado a sufrir dolores de cabeza casi a diario y como he aprendido a conocer bastante bien los mensajes de mi cuerpo, entendí que era hora de buscar a alguien que me diera una mano. Concomitantemente tuve que ir a ver a este amigo con quién no estaba desde ese último encuentro y allí vi que era hora de volver a intentar el contacto con Alberto. Así que le pedí el teléfono a este amigo. Lo llamé y comenzó esta historia de la cual la piedra de la luna, el nuevo prólogo y esto que estoy escribiendo, son solo mojones de un camino que no tengo idea a donde llevará, ni cuan largo será, pero que hasta ahora ha sido absolutamente disfrutable y transformador.
Como ya di cuenta en estas páginas, varios han sido los maestros y maestras que han pasado por mi vida dejando en mi diversas enseñanzas, pero si algo no esperaba al encarar este proyecto, es que encontraría a mi propio “don Juan”. Descendiente directo de charrúas, Alberto es un miembro activo de la nación indígena aunque, como el mismo dice, siempre ha estado con un pie en el mundo nativo y otro en el occidental. No tengo idea de cuántos años tiene pero sé que son muchos, parte importante de los cuales ha pasado viviendo en diferentes comunidades indígenas del continente. Es un verdadero sanador en todo el sentido de la palabra y puedo dar fe de ello sintiendo los efectos de su poder tanto en mi cuerpo como en mi alma.
Ya desde nuestro primer encuentro Alberto “marcó la cancha”, como al pasar y sin estridencias iba diciéndonos a mi hija Silvina, que me acompañó ese día, y a mí, cosas que apuntaban a lo más profundo de nosotros mismos y que nos golpeaban directamente y lo más increíble, solo observándonos, sin que hubiésemos prácticamente hablado. Enorme fue mi asombro, por ejemplo, cuando con solo mirar a Silvina supo que al nacer había tenido problemas o de ciertos trastornos que la aquejaban para lo cual juntó unos yuyos que había a la vera del camino de ingreso a su casa para que se hiciera una tisanas que le han ayudado muchísimo, evidenciando que ve mucho más allá de la realidad aparente.
Mucho es lo que hemos hablado y lo que ha hecho en nuestros encuentros, pero me interesa más que nada compartir algo que, además de lo que implicó para mi como aprendizaje, creo encaja perfectamente con el espíritu de todo lo que he venido desarrollando en estas páginas.
En nuestro primer encuentro nos estaba hablando de su historia entre las dos culturas y de repente, como al pasar, como muchas de las cosas que él dice, dijo que la principal diferencia entre una y otra radica en que, en el mundo indígena, la gente se mueve “sin proyecciones ni expectativas, solo se vive”. Automáticamente sentí “¡esto es gestalt!, es precisamente lo que propone Perls”. El hecho es que Alberto conoce (¿?) muy poco de la Psicoterapia Gestáltica y mucho menos de su fundador, sin embargo, todo en él es sumamente gestáltico, y a su vez, también es profundamente castanediano. Nuevamente aparecen aquí los vínculos de conexión, los padrones que unen. Todo formando parte de la gran trama cósmica y yo ahí, disfrutando de todo ello.
Pero volvamos al tema de las proyecciones y expectativas. Cuando el niño nace descubre que no puede satisfacer sus necesidades por si solo, no puede alimentarse solo, no puede trasladarse solo, si hace sus hace sus “necesidades fisiológicas” necesita quién lo limpie, etcétera, etcétera, y va descubriendo que todo eso que necesita está en el ambiente, en el mundo exterior, así que aprende a manipularlo. El llanto se convierte en su primer forma de comunicar sus necesidades al ambiente y, en la medida que va obteniendo satisfacción, el ambiente le va reforzando la idea de que ese es un medio válido. A medida que va creciendo va descubriendo que puede comenzar a satisfacer sus necesidades por si solo y también va descubriendo que muchas veces sus intereses se contraponen con los del mundo exterior y aparecen los primeros enfrentamientos. Es así como recuerda a su viejo aliado, el llanto, que, en la medida que no va dando resultados, se va convirtiendo en berrinche en todas sus variantes, incluido el famosos “espasmo del sollozo” que tan en jaque coloca a los padres.
Concomitantemente con esto va aprendiendo que no solo él pretende cosas del ambiente, también este espera cosas de él y comienzan a aparecer las dichosas expectativas. Los padres esperan que se porte bien, que coma toda la comida, que los deje bien parados frente a los demás, las maestras esperan que sea un buen alumno, tranquilo, aplicado, sumiso, estudioso, y aparecen los premios si se comporta como se espera, o los castigos, desde los más burdos a los más sutiles, si no lo hace.
A todo esto, ya desde que el niño nace se convierte en soporte de las proyecciones del ambiente. Cada parte de la familia busca en él parecidos que le permitan marcar la pertenencia, “es igualito al padre”, “tiene los ojos de la madre”, “salió a la abuela”. El padre que es un futbolista frustrado, le compra una pelota aunque apenas pueda caminar, lo lleva a la cancha, lo pone a practicar en un club, sin preocuparse mucho si al niño le gusta o no. Y ¡pobre de la niña a la que le guste más jugar al fútbol que con las barbies!, o del niño que se entretenga mucho jugando con sus compañeras, hermanas o primas. Y así va creciendo y las proyecciones comienzan a ser otras, “quiero que hagas una carrera porque yo tuve que salir a trabajar desde chico y no puede estudiar como hubiese querido”, o “ahora que te casaste no pierdas mucho tiempo que me muero de ganas por ser abuela”. Y ese joven que aprendió a necesitar la aprobación y el afecto se va haciendo cargo de todas esas proyecciones y expectativas y va dejando cada vez más de lado sus propias necesidades y deseos, convirtiéndose cada vez más en el ser que los demás esperan que sea y alejándose por lo tanto de su propia esencia. Pero además, como el ambiente va cambiando y con él sus expectativas y proyecciones, debe convertirse en una especie de camaleón que va “cambiando de color según la ocasión”, mimetizándose según el ambiente en que se encuentre.
Ahora bien, como la persona va perdiendo cada vez más el contacto consigo misma, desconoce sus recursos y potencialidades y comienza a proyectar sus necesidades en el ambiente. Como duda de poder conseguir su propio alimento, espera que los demás se lo provean, como no ha aprendido a confiar en si mismo, o lo que es peor, le han hecho creer que no puede confiar en lo que siente, busca desesperadamente la seguridad afuera, en sus padres, en su pareja, en una institución, lo cual lo pone en situación de gran vulnerabilidad y lo lleva a generar relaciones de dependencia, del tipo que sean. Y como no conoce su propio poder personal, corre detrás de cualquier cosa que le haga sentir poderoso, el dinero, una posición social, un cargo, un título, en una carrera que lo termina consumiendo.
En suma, vive deseando ser algo que no es, anhelando todo aquello que no tiene, buscando la felicidad en cualquier lugar menos donde realmente la puede encontrar que es su propio interior, como el personaje de “El Alquimista” de Pablo Coelho, recorre medio mundo buscando un tesoro que desde siempre estuvo bajo el suelo que pisaba. Como dice Fritz Perls, tamaña estupidez solo se ve en el ser humano, ninguna otra criatura pretende ser algo que no es, simplemente es. De eso se trata la “tendencia actualizante” de la que hablan Maslow y Rogers, o la “auto-actualización” de la que habla Perls, de que cada uno seamos lo que somos, que nos actualicemos en la mejor versión de nosotros mismos y no de algo que no somos, “es obvio que el potencial del águila se actualizará al surcar el cielo, lanzándose en picada atrapando animales pequeños, y construyendo nidos.
Es obvio que el potencial de un elefante se actualizará en su tamaño, su fuerza y su torpeza.
Ningún águila quiere ser un elefante, ningún elefante quiere ser un águila. Ellos se “aceptan” a sí mismos; se aceptan a ellos mismos. No. Ni siquiera se aceptan a sí mismos, ya que esto significaría posible rechazo. Se dan por sentados. No, ni siquiera es esto, ya que implicaría la posibilidad de ser otra cosa. Simplemente son. Son lo que son que son.
¡Qué absurdo sería si ellos, como los humanos, tuvieran fantasías, insatisfacciones y auto-decepciones! Cuán absurdo sería que el elefante, cansado de caminar por la tierra, quisiera volar, comer conejos y poner huevos. Y que el águila quisiera tener la fuerza y el cuero duro de la bestia”
Ahora bien, volviendo a Alberto y a nuestro primer encuentro. Luego de otros sucesos sumamente significativos que fueron demostrándome que estaba frente a alguien con un poder personal enorme, a un verdadero brujo, en todo el sentido que don Juan da al término, pasamos a trabajar sobre el motivo manifiesto de mi visita, mi hernia de disco. Así fue como, luego de unos masajes sumamente vivificantes, procedió a colgarme. Me hizo recostar sobre una camilla que estaba puesta vertical, me puso unos soportes en los tobillos que calzó en unos tubos en la parte inferior de la camilla y fue rebatiéndola hasta quedar horizontal primero para ir inclinándola haciendo que mi cabeza fuera yendo cada vez más abajo. Aunque todavía faltaba bastante para quedar vertical, comencé a sentirme mal, la sensación de pérdida del control era tan intensa que le pedí que me volviera a enderezar. Alberto me explicó que lo que había sentido era normal, que las primeras veces siempre ocurría, pero que las personas se iban acostumbrando. Luego de eso nos despedimos sin quedar más que con la expresión de deseo de volver a vernos.
Los días que siguieron fueron difíciles para mí, mi cabeza iba a “mil por hora” tratando de digerir todo lo que había pasado en las escasas dos horas que duró ese primer encuentro, pero lo que hacía más figura era como me había sentido estando colgado. Por momentos me convencía de que lo mejor sería no volver, que no tenía necesidad de hacerlo, pero por otros sentía una gran atracción por ese hombre al que apenas conocía pero que tantas cosas me había movilizado. Hasta que decidí comentar lo que sentía con Ana, mi esposa, y, como siempre ocurre, me dio la respuesta justa, me dijo que si tantas resistencias a volver sentía, entonces era que tenía que hacerlo. Así que, con la convicción de que volvería, traté de darme cuenta de que era lo que tantas dudas me generaba y llegué a la conclusión de que todos mis temores a la colgada no eran más que “llamaradas de conciencia” cuya finalidad era generarme una preocupación que me permitiera evitar el contacto con lo que realmente me molestaba, el tema de las proyecciones y expectativas. Me di cuenta que estaba a punto de repetir una forma de funcionar que arrastro desde tiempos inmemoriales y con la que lucho denodadamente, proyectar mi necesidad de aprobación en aquellas personas a las que considero maestros. Cuando me encuentro con alguien en quien veo o intuyo cualidades especiales y la revisto de autoridad, automáticamente trato de convertirme en su “mejor alumno” y demostrarle que lo soy para de esa forma conseguir su aprobación y sentirme por lo tanto reconocido y valorado. Y ahora, al encontrarme con Alberto, estaba a punto de caer nuevamente en la tentación.
Siento que esta ha sido una verdadera prueba del espíritu, lo pude ver, masticar, lo hablé con él, con Ana, y siento que, tal vez por primera vez en todos estos años, lo estoy digiriendo y modificando. Siento que estoy viviendo un verdadero encuentro, sin proyecciones ni expectativas, donde solo y ¡gracias a Dios!, no tengo más que ser y fluir. Y me acuerdo del querido Fritz y su célebre frase que diera lugar al magnífico libro de Barry Stevens, “no empujes el río porque fluye solo”, y sobretodo de su “oración gestáltica” que muchos critican pero que hoy siento en toda su dimensión:
Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo.
No estoy en este mundo para llenar tus expectativas.
Y tú no estás en este mundo para llenar las mías.
Tú eres tú y yo soy yo.
Y si por casualidad nos encontramos es hermoso.
Si no, no puede remediarse.
De eso se trata mi encuentro con Alberto, yo no proyecto nada en él ni él en mí, por lo tanto ninguno de los dos espera nada del otro, solo nos encontramos y disfrutamos plenamente de ello, y eso lo hace maravilloso
´Cuando decidí crear el blog había decidido que cada tanto cambiaría los capítulos de mi libo, pero dado que este tiene mucha relación con el artículo anterior que es nuevo, decidí incluirlo sin retirar el otro capítulo que está más abajo. Espero les guste.
“Los chamanes del antiguo México descubrieron que tenemos un compañero de por vida -dijo de la manera más clara que pudo-. Tenemos un predador que vino desde las profundidades del cosmos y tomó control sobre nuestras vidas... Los chamanes creen que los predadores nos han dado nuestro sistema de creencias, nuestras ideas acerca del bien y del mal, nuestras costumbres sociales. Nos otorgaron la codicia, la mezquindad y la cobardía. Es el predador que nos hace complacientes, rutinarios y egomaníacos.
-¿Pero de qué manera pueden hacer esto, don Juan? -...Para mantenernos obedientes y dóciles y débiles, los predadores se involucraron en una maniobra estupenda (estupenda, por supuesto, desde el punto de vista del estratega). Una maniobra horrible desde el punto de vista de quien la sufre. ¡Nos dieron su mente, que se vuelve nuestra mente! A través de su mente, los predadores inyectan en la vida de los seres humanos lo que sea conveniente para ellos”.
Carlos Castaneda, “El lado activo del Infinito”
Según Don Juan, los chamanes pueden ver a los niños como bolas luminosas de energía, cubiertos de arriba a abajo con una capa brillante de conciencia. Ese es el alimento de los “predadores” que la consumen de forma tal que al llegar el ser humano a ser adulto solo queda de esa capa brillante una angosta franja que se eleva desde el suelo hasta por encima de los dedos de los pies. Esa franja permitiría al ser humano continuar vivo.
Según don Juan, los predadores necesitan, no solo mantenernos vivos, sino también seguir alimentándose y para ello nos otorgan problemas banales que generan “llamaradas de conciencia” que ellos fuerzan a crecer y de esa forma “nos mantienen vivos para alimentarse con las llamaradas energéticos de nuestras seudo-preocupaciones”.
Hace un tiempo participé en un Seminario sobre Tabaquismo donde hubo una ponencia en la cual se habló de toda la manipulación que las tabacaleras hacen de la información que trasmiten a sus consumidores, de cómo, aun en los países donde está prohibida la publicidad sobre el cigarrillo, esta gente se encarga de burlar esa prohibición echando mano a toda la creatividad de los publicistas que contratan. Pero no solo es la información lo que manipulan. En esa ponencia también se habló de las formas como los químicos de esa industria logran hacer que los cigarrillos sean más adictivos a pesar de tener un menor nivel de nicotina, por ejemplo agregándoles amoníaco y modificando de esa forma el ph del humo, como quedó evidenciado en un famoso juicio que se realizó en Minnesota, Estados Unidos, cuyas actas están disponibles en internet y que diera lugar a la película “El Informante”, por la cual el actor Russell Crowe estuviera nominado al Oscar, premio que según se dijo allí, las tabacaleras se encargaron de evitar que recibiera. Pero claro, todo esto no está disponible para el común de la gente, los medios de comunicación, en los cuales la industria tabacalera invierte cifras astronómicas, se encargan muy bien de evitar que todo esto trascienda. Este es un ejemplo claro de un predador de los que habla Don Juan, se nutre de nuestro dinero y lo que es mucho peor aun, de nuestra salud. A través de la publicidad carga nuestra mente de imágenes que nos convencen de la necesidad de fumar para ser felices y tener una vida placentera y, a través de la manipulación, y yo diría prostitución, de un producto que para nuestras culturas autóctonas tiene un origen y una finalidad sagrada, logran generar una de las peores adicciones, sino la peor.
Pero estos no son los únicos predadores, cada vez existen en la televisión más programas de chismes que alimentan las mentes de quienes los ven de problemas banales para mantenerlas ocupadas y lejos de los temas que verdaderamente importan. Pan y circo, decía el emperador, esa es la forma de mantener a la gente contenta y dominada. ¿Cuántas veces hemos asistido a verdaderas cortinas de humo lanzadas por los gobernantes con la intención de desviar la atención de la gente? Y no importa aquí de qué sistema político hablemos, en todos ocurre.
¿Quién no ha comprado alguna vez algo solamente porque la publicidad le hizo pensar que debía tenerlo y luego se dio cuenta de que había sido engañado? La llamada “sociedad de consumo” y su principal arma, la publicidad, nos intenta convencer segundo a segundo de que no es posible vivir sin el último modelo de auto, o de computadora, o sin tal o cual electrodoméstico, o sin el cable, etcétera, etcétera, y entonces vemos a las personas trabajando horas y horas para lograr pagar las deudas que el “confort” les ha obligado a generar. Los “predadores” han logrado que la gente se reúna en torno al televisor y consuma todo lo que los medios le ofrecen sin siquiera criticarlo, y estos manipulan la información sin el menor escrúpulo para de esa forma generar en nosotros las reacciones que ellos o la clase dominante a quienes generalmente responden, deseen y de esa forma se alimentan de nuestra conciencia y de nuestras vidas.
Como dice don Juan, “el predador” vino de las profundidades, pero tal vez no del cosmos, como él dice, sino de las de nosotros mismos. Nosotros mismos somos ese predador, la especie humana en su conjunto se ha encargado de depredar este hermoso planeta en el que vive, sus bosques, sus mares, sus desiertos, el agujero en la capa de ozono, Hiroshima y Nagasaki, las ballenas y todos los demás animales extinguidos o en vías de por culpa de la mano criminal y su caza indiscriminada. Como decía más arriba, vivimos la terrible paradoja de que un planeta que tiene la mayor parte de su superficie cubierta de agua, se está quedando sin ella y las reservas acuíferas naturales están pasando a ser peligrosamente codiciadas. Somos la única especie que caza solo por deporte y no para alimentarse, que mata a sus crías aun antes de nacer, que llama a la pérdida innecesaria y criminal de vidas humanas “daños colaterales”. Vivimos en un planeta inmensamente rico pero donde todos los días mueren miles de niños de hambre. Naciones enteras sucumben ante la miseria y la hambruna mientras un solo hombre acumula riquezas que pagarían la deuda externa de varios países, y no hay solo uno.
Pero ¿cómo entender esto, que la misma especie que acunó la inconmensurable belleza de la obra de Mozart o Miguel Angel o tantos otros seres maravillosos, prohijara también las atrocidades de un Hitler, para nombrar el más representativo aunque, por desgracia no el único?. El Dr. Stanislav Grof, uno de los fundadores de la Psicología Transpersonal, tiene una teoría que tiene tanto de revolucionaria como de interesante. El sostiene que las explicaciones que hasta el momento ha intentado dar la ciencia tradicional, han sido poco convincentes y débiles. Según él, “la imagen del hombre como ‘mono indefenso’ que alberga instintos homicidas heredados de su pasado animal, no explica lo que el psicoanalista Erich Fromm denominó ‘agresión maligna’, que es exclusivamente humana.” De la misma forma que el modelo biográfico tradicional encuentra serias dificultades en su intento de dar cuenta de la psicopatología individual, resulta por demás insuficiente al intentar explicar la psicopatología masiva de todas las atrocidades y aberraciones que el hombre ha cometido a lo largo de la historia. Como dice el Dr. Grof, “los traumas psicológicos asociados con experiencias que plasman nuestra psiquis después del nacimiento no son suficientes para explicar los horrores del nazismo, las atrocidades del régimen stalinista o la conducta monstruosa relacionada con el Apartheid”. Solo cuando incluimos los aspectos perinatales y traspersonales que se observan en los estados no ordinarios de conciencia, todo esto de lo que venimos hablando pasa a ser más comprensible.
El Dr. Grof lleva más de 40 años investigando los estados no ordinarios de conciencia provocados en una primera instancia, a partir de experiencias con LSD pero que luego continuaron con una técnica creada por su esposa Cristina y él mismo, que dieron en llamar Respiración holotrópica y que consiste en una combinación de un modo de respiración más rápido y profundo del habitual, con música evocativa perteneciente a las más diversas culturas y un tipo específico de trabajo corporal. Como resultado de esas investigaciones, el Dr. Grof ha llegado a la innegable evidencia de que muchas de las condiciones que la psiquiatría tradicional considera patológicas o estrafalarias, son manifestaciones naturales de la dinámica profunda de la psiquis humana y a partir de allí, ha llegado a la conclusión de que el modelo utilizado hasta ahora por la psicología y la psiquiatría es insuficiente para dar cuenta de estos fenómenos. Como resultado de su trabajo ha desarrollado un modelo que permite una comprensión mucho más amplia del psiquismo y que incluye tres niveles o reinos, como él los ha dado en llamar. El primero es el nivel biográfico tradicional que contiene los aspectos estudiados por las distintas corrientes psicológicas y que hacen referencia a la primera y segunda infancia y a la vida posterior. El segundo nivel es el perinatal que incluye todas las experiencia relacionadas con la vida intrauterina y el trauma del nacimiento. Por último, el tercer nivel es el transpersonal, que va más allá de las coordenadas de espacio-tiempo y de nuestras fronteras corporales y de nuestro yo personal y que representa una conexión directa entre nuestra psiquis individual, el inconsciente colectivo y el universo entero.
Por lo tanto, los estudios del Dr. Grof llevan a la conclusión de que muchas emociones extremas pueden tener origen en la lucha de vida o muerte que lleva implícita el trauma del nacimiento y que, dado que este es un hecho que todos compartimos, tiene la capacidad de provocar aberraciones psicológicas masivas en las que una multitud de personas comparten una experiencia de tremenda furia inconsciente a la que contribuirían los arquetipos del inconsciente colectivo y su extraordinario poder para eliminar todas las fronteras individuales.
Por supuesto que todo este planteo no pretende desconocer que la guerra, por ejemplo, involucra factores no solo psicológicos sino también históricos, económicos, sociales y políticos. La idea es ampliar al máximo la conciencia incluyendo elementos que hasta ahora fueron dejados de lado, yo diría que de forma muy significativa.
Las investigaciones llevadas a cabo por la denominada Psicohistoria parecen coincidir con las observaciones realizadas de estados no ordinarios de conciencia, en que todos llevamos en las profundidades de nuestro inconsciente poderosas energías y emociones asociadas al trauma del nacimiento, que no hemos asimilado, y por lo tanto dominado adecuadamente. Cuando ese material es activado desde el interior o desencadenado por hechos del mundo exterior, puede producir extrañas psicopatologías individuales, incluida la violencia sin causa real aparente y que, cuando se producen simultáneamente en grandes cantidades de personas y son canalizadas por un líder, como Hitler por ejemplo, que también esté influido por las mismas energías perinatales y además posee el poder de manipular la conducta colectiva de una nación, lleven a la posibilidad de renegar de los sentimientos inaceptables y proyectarlos en una situación exterior en la cual el enemigo se convierte en el culpable del malestar colectivo y la guerra es la solución. A la luz de todos estos planteos, no sería mala idea tratar de trascender lo obvio para intentar aproximarnos a cuáles pueden ser las profundas motivaciones que estén influyendo en esta nueva escalada bélica de la que estamos siendo testigos y sobre la cual solo parece que existen explicaciones económicas o geo-políticas si nos atenemos exclusivamente a lo que los distintos medios de prensa nos ofrecen.
El Dr. Grof se pregunta si el fracaso de los diferentes esfuerzos por corregir el actual curso de los acontecimientos no se deberá a que ninguno de ellos toma en cuenta a la psiquis humana y el nivel evolutivo presente de nuestra conciencia, que, según él, representa el mayor obstáculo que enfrentamos como especie.
Vivimos en un mundo que tiene riquezas suficientes para asegurar un buen nivel de vida para todos y cada uno de sus habitantes, sin embargo miles de personas mueren de hambre diariamente. La ciencia moderna posee los conocimientos necesarios para desarrollar remedios eficaces para combatir cualquier tipo de enfermedad o fuentes de energía limpias y renovables. Sin embargo se produce un despilfarro cada vez más insensato de los recursos naturales, estamos contaminando nuestro mundo de forma irreversible y se dilapidan cantidades inimaginables de dinero, energía y recursos intelectuales en crear armamentos cada vez más sofisticados.
Todo parece indicar que vamos en una carrera desenfrenada hacia nuestra aniquilación y la de nuestro planeta.
En el momento en que escribo esto, miles de millones de dólares están siendo arrojados en forma de misiles sobre Bagdad matando todo lo que se interponga en su camino. La excusa es la misma de siempre, “hay un tirano que es un peligro para la paz mundial y hay que destruirlo”, no importa si en el intento destruimos también a su país con todos sus habitantes dentro, tal vez ellos se lo merezcan por no “haberse dejado liberar”. El daño que esta nueva demostración de locura colectiva dejará es inconmensurable. Y no solo en Irak, si algo se ha logrado con la globalización es que tomemos contacto directo con la idea de que, como partes del tejido de una red que somos, lo que allí ocurra nos afectará directamente, ya no podemos permanecer ajenos a ello. Y mientras la muerte y la destrucción campean en el cercano Oriente, en el otro extremo del mundo, uno de los líderes de esta ignominia se reúne con el otro para echarle en cara que no lo está teniendo en cuenta en el reparto del botín.
Es realmente espeluznante, pero ¿qué nos puede extrañar, si ha sido la constante de toda la historia moderna? Tal vez la diferencia mayor este dada por el hecho de que los mismos avances tecnológicos que facilitan la precisión de sus misiles son los que nos permiten estar en contacto directo con todo lo que ocurre en “tiempo real”. Los satélites nos permiten ver sus cadenas noticiosas a las que pueden manipular y censurar, pero también nos permiten ver a las del resto del mundo sobre las cuales no tienen control. La Internet, uno de sus inventos más maravillosos, se les ha escapado de las manos y nos permite estar conectados con todo el mundo como nunca antes, en toda la historia de la humanidad pudimos estarlo y esto implica un movimiento sin precedentes en nuestra visión del mundo, un verdadero impacto en nuestro “punto de encaje” que debe traer aparejada una verdadera revolución interior. Esta es nuestra única alternativa, dar un salto de proporciones sin precedentes en el proceso evolutivo de nuestra conciencia. Como dice el Dr. Grof, “no existen intervenciones externas que puedan crear un mundo mejor, a menos que vayan acompañadas por una profunda trasformación de la conciencia humana”.
Porque no nos engañemos, todos somos en alguna medida responsables de lo que está pasando. Todos y cada uno de nosotros somos “predadores”. Lo somos de nuestros hijos cuando queremos que sean como a nosotros nos parece que deben ser y cuando les impedimos entrar en contacto con su propio poder y que de esa forma se tornen cada vez más autosuficientes e independientes, porque nos aterra renunciar a nuestra autoridad en cuanto poder de mandar y control sobre ellos. Lo somos de nuestros subordinados cuando pretendemos imponer una determinada forma de trabajar sin escuchar siquiera sus opiniones al respecto, lo somos de nuestras parejas cuando olvidamos que si somos “parejos” entonces debemos compartir por igual el poder en la relación de forma horizontal y no pretender imponernos, y lo somos con nosotros mismos cuando depredamos nuestros afectos, nuestro propio poder personal y nuestra autoridad porque ello implica asumir nuestra responsabilidad sin tener en cuenta que rehuir a ella implica depositarla en manos de quienes detentan el poder con el consiguiente riesgo que esto implica. En “Pertenecer al Universo”, Capra pone un ejemplo que deja bien en claro esto de lo que estoy hablando. El dice que “en el antiguo paradigma, el médico es la autoridad respecto de la salud del paciente, tiene el poder de decidir si estás sano o no y de qué hacer al respecto. En el nuevo paradigma, el médico actúa mucho más como un consejero y ayuda en el proceso de curación que es realmente organizado por el paciente. Es muy superior la responsabilidad individual en la salud y así poder y responsabilidad se hallan realmente integrados”. Este ejemplo puede y debe ser aplicado a todos los aspectos de nuestra vida.
Volviendo al tema de la escalada bélica que tanta atención está concitando en los momentos en que esto escribo, su líder es alguien que llegó a tan alto lugar de poder con un dudoso 50% de los votos, en un país donde apenas el 50% de los habilitados asume su responsabilidad sobre una decisión que no solo los afecta a ellos sino también al resto de la humanidad. Por eso, un cambio profundo en nuestra conciencia, que nos permita reasumir nuestra autoridad y poder y por ende nuestra responsabilidad individual y colectiva, es lo único que puede permitir alentar la esperanza de tener un mundo mejor para legarle a las generaciones venideras.
Muchas veces, desde que me decidí a escribir mi libro, me pregunté si realmente valía la pena tanto esfuerzo, tanta energía, tanto desvelo y tanto amor puesto en esas páginas, y no solo mio. A su vez, también me pregunté muchas veces si tenía sentido abrir el blog, aumentar el grado de exposición a proporciones inconmensurables.
Muchas han sido a estas alturas las circunstancias que me han demostrado que si valía la pena y realmente he recibido mucho más de lo que podía esperar.
El otro día,un paciente me hablaba de un gran vacio que estaba sintiendo y que no encontraba nada que le colmara. Esta persona es alguien que se ha formado en diversas disciplinas psico-espirituales, por lo que le pregunté que estaba haciendo con todo ello, a lo que me contestó que nada. No se si la razón de su vacio estará por allí, pero estoy convencido que la unica forma que lo que recibamos nos colme, es trasmitiendolo, siendo canal.
Por eso creo que tanto el libro como el blog valen la pena.
En estos días, y a través de este sitio, he sido participe de un reencuentro de dos personas después de más de 20 años, dos personas que vivieron cosas sumamente fuertes juntas y que por determinadas circunstancias se vieron separadas y hoy día he sido el canal del re-encuentro. ¿Que mejor regalo y prueba de que todo esto vale la pena?
Por eso quería compartirlo con Uds. queridos lectores. Y gracias por tomarse un minuto para entrar. Nos seguimos leyendo.
"Con las piedras que encuentres en el camino sé delicado y llévatelas, y si no las puedes cargar a los hombros como hermanas, al menos, déjalas atrás como amigas”
Rafael nos invita a pasar por el umbral de su vida, abriéndonos sus puertas y ventanas, señalando las innumerables llaves para cerrar el dolor y abrir la felicidad, para así con ésta, descorrer las veladuras de los sentidos y entrever las realidades paralelas, los sincronismos, las anticipaciones; de la mano nos lleva a compartir lo más sagrado, la familia, su familia!
Rafael nos llama a la atención, que cada uno al nacer, trae un paquetito de alimentos y una escalera, si ese alimento lo suministramos adecuadamente, servirá para toda la vida, ello nos permitirá estar livianos, ágiles y así poder tomar la escalera para diariamente ascender un escalón, y el espectro de la vida, la claridad, más se expande, a pesar que hay quienes acaparan los paquetitos ajenos o se lo consumen de inmediato, éstos, al estar pesados por haber ingerido todo lo ajeno, toman la escalera y lo más fácil es descender, pero todo descenso es oscuro. Cabe preguntarse, cómo estoy usando mi alimento, o el de quién? Y la escalera... la ocupo...?
Rafael nos enseña a ver entre líneas, que la mente es capaz de transformar todo, el dolor en tranquilidad, la oscuridad en claridad, en definitiva, ahí reside el poder, en la claridad, y ello nos permite qué hacer con nuestra vida, o cómo hacerlo!
No hay mayor libertad que la de poseer la llave para abrir o cerrar la actividad mental, es el mayor tesoro que podemos poseer para el desarrollo de nuestra identidad.
“Dijo el amigo al amigo, sobre el puente:
Mira que alegres están los peces en el río...
El otro replicó:
Y como tú conoces la alegría de los peces en el río?
Y replicó el primero:
Por mi alegría sobre el puente.”
El hombre recurrió al símbolo en un tratar de plasmar significados, que se alejaban más y más, por su incapacidad de romper su confusión, y el símbolo servía y ha servido para que el humano cubra su desnudez, transformándolo en autoengaño para permanecer...
Sin atreverse a Ser!
Y la humanidad ha envejecido siguiendo esa huella, por eso somos ajenos y no nos merecemos.
Si al leer este libro, lo hacemos descondicionados de lo que creemos que somos, recobraremos el valor, la decisión, la claridad y seremos más responsables de nosotros mismos, ya que él nos lleva a la real estatura humana, la de ser persona!
En el encuentro o reencuentro con él, vi un gran espejo sin adornos y de manos extendidas, cálidas, sin tiempo, y llenas de esperanzas, por lo cuál podría ser uno mismo en el cuerpo del otro, donde los silencios se llenaban de comprensión, gratitud y respeto, donde la claridad tenía un mismo idioma, por esto, y por mucho más, me siento honrado al haberme dado la posibilidad de ser una parte de su historia, nuestra historia.
En definitiva, así es la sincronicidad!
Alberto Zapicán
"Encuentro con el Brujo", mi quinto hijo, vió la luz en Montevideo en febrero del 2004 luego de tres años de trabajo y un año de recorrer editoriales hasta que me decidiera a publicarlo por mi cuenta.
Como todo hijo, es fruto mi Amor y de mis desvelos y con el pretendo dar tributo a todos aquellos Maestros y Maestras que a lo largo de mi vida me han ido forjando. Pretendo además compartir con todo aquel que lo lea una serie de conocimientos que me han ido llegando por las más diversas vías y que creo firmemente, merecen ser difundidos.
Me siento sumamente comprometido con el Hombre, con el Planeta y con todo lo que aqui vive y espero que mi trabajo sea un aporte en la búsqueda de ese cambio de conciencia tan urgente como imprescindible y de ahí mi deseo de utilizar este espacio para difundirlo.
Voy a incluir aquí el índice del libro, la Bibliografía que utilicé y algún capítulo que posiblemente vaya cambiando de tanto en tanto.
INDICE
Prólogo
Introducción
Ver
El vínculo
Tener a la muerte como consejera
El poder personal
Las dos mentes
El predador
Parar el mundo
La mujer Nahual
El intento
Cierre
Bibliografía
BIBLIOGRAFIA
CAPRA, Fritjof – “Sabedoria Incomum” – San Pablo – Editora Cultrix – 1988.
CAPRA, Fritjof con STEINDL-RAST, David y MATUS, Thomas – "Pertenecer al Universo" – Madrid – Edaf – 1994.
CASTANEDA, Carlos – "Viaje a Ixtlán" – México D.F. – Fondo de Cultura Económica – 1975.
CASTANEDA, Carlos – "El conocimiento silencioso" – Buenos Aires – Emecé – 1988.
CASTANEDA, Carlos – "El arte de ensoñar" – Buenos Aires – Emecé – 1994.
CASTANEDA, Carlos – "El lado activo del Infinito" – Barcelona – Ediciones B – 1999.
CASTANEDA, Carlos – Reportaje aparecido en Revista Uno Mismo – Buenos Aires – Tomado de www.cleargreen.com
COELHO, Pablo – "El Alquimista" – Buenos Aires – Planeta – 1997.
FRANKL, Víctor E. – “El hombre en busca del sentido último” – Barcelona –Paidós – 1999.
FISCHER, Robert – "El caballero de la armadura oxidada" – Barcelona –Ediciones Obelisco – 1994.
JUNG, Carl G. – "El hombre y sus símbolos" – Barcelona – Caralt – 1976.
JUNG, Carl G. y WILHEM, Richard – "El secreto de la flor de oro" – Barcelona Paidós – 1982.
GROF, Stanislav – “Psicología transpersonal” – Barcelona – Kairós – 1988.
GROF, Stanislav – “La mente holotrópica” – Buenos Aires – Planeta – 1994.
MARÍN, Guillermo – “Para leer a Carlos Castaneda” – Barcelona – Indigo – 1995.
NICHOLS, Sallie – "Jung y el Tarot" – Barcelona – Kairós –1988.
PERLS, Fritz, R. HEFFERLINE y P. GOODMAN, “Terapia Gestáltica: estimulación y crecimiento de la personalidad humana” – Nueva York – Julian Press – 1951.
PERLS, Fritz – “Sueños y existencia” – Santiago – Cuatro vientos – 1982.
PERLS, Fritz – “Dentro y fuera del tacho de la basura” – Santiago – Cuatro vientos – 1990.
ROGERS, Carl – "El poder de la persona" – México D.F. – El manual moderno 1980.
ROGERS, Carl – “Terapia, personalidad y relaciones interpersonales” – Buenos Aires – Nueva Visión – 1978.
SIMONTON, Dr. O. Carl – “Sanar es un viaje” – Barcelona – Urano – 1993.
SPANGENBERG, Alejandro – “Gestalt, Zen y la inversión de la caída” –Montevideo – Roca Viva – 1993.
SPANGENBERG, Alejandro – “Gestalt, mitos y trascendencia” – Montevideo – Roca Viva – 1998.
STEVENS, Barry – “No empujes el río (porque fluye solo)” – Santiago – Cuatro vientos – 1979.
STEVENS, John O. – “El Darse Cuenta” – Santiago – Cuatro vientos – 1976.
TOLKIEN, J. R. R. – "El Señor de los Anillos - La comunidad del anillo" – Barcelona – Minotauro – 1991.
TOLKIEN, J. R. R. – "El Señor de los Anillos - Las dos torres" – Barcelona – Minotauro – 1991.
TOLKIEN, J. R. R. – "El Señor de los Anillos - El retorno del rey" – Barcelona – Minotauro – 1980.
YONTEF, Gary – “Proceso & Diálogo en Psicoterapia Gestáltica” – Santiago – Cuatro Vientos – 1995.
ZINKER, Joseph – "El proceso creativo en la Terápia Gestáltica" – Buenos Aires – Paidós – 1977.
“Todo lo que te he hecho pasar –prosiguió don Juan– cada una de las cosas que te he mostrado fueron simples ardides para convencerte de que en los seres humanos hay algo más de lo que parece a simple vista. Nosotros no necesitamos que nadie nos enseñe brujería, porque en realidad no hay nada que enseñar. Lo que necesitamos es un maestro que nos convenza de que existe un poder incalculable al alcance de la mano. ¡Una verdadera paradoja! Cada guerrero que emprende el camino del conocimiento cree, tarde o temprano, que está aprendiendo brujería, y lo que está haciendo es dejarse convencer de que existe un poder escondido dentro de su ser y que puede alcanzarlo.”
Carlos Castaneda, “El conocimiento silencioso”
Somos cazadores de poder, dice don Juan, y así es. Prácticamente desde que nacemos vamos tras el poder. Envidiamos a nuestros hermanos mayores y a sus amigos porque pueden hacer cosas que nosotros no podemos, nos molesta el poder que nuestros padres ejercen sobre nosotros decidiendo lo que podemos o no hacer, decidiendo lo que “es mejor para nosotros” en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida. A medida que vamos creciendo van cambiando los detentadores del poder, los maestros, los mayores, las autoridades, los jefes, los patrones, los gobernantes. Vamos sufriendo las consecuencias de que sean otros los que tengan “el poder”, y lo envidiamos, y comenzamos a cazarlo, a pelear por él. Buscamos “el poder” en una mejor posición social, en un cargo, en el dinero, en un título. “Tenés que estudiar para ser alguien en la vida”, repiten nuestros padres. Hace unos años había en la TV una propaganda de un conocido colegio de Montevideo, que paradójicamente ya no existe, que mostraba a un feroz tigre de Bengala al acecho y una voz en off que decía algo así como “preparamos a sus hijos para triunfar en la selva”. El estudiar deja de ser una forma de crecimiento personal para convertirse en una forma de lograr poder, los títulos profesionales pasan a ocupar el lugar dejado por los títulos honoríficos. “Cuanto tenés, cuanto valés”, el dinero deja de ser algo necesario para subsistir para pasar a ser la medida de nuestro valor y por lo tanto es necesario conseguir cada vez más, a como dé lugar, y atesorarlo. “Tenés que ser fuerte, si no te pasan por arriba”, competir, desconfiar, tratar de estar siempre arriba de los demás, esa parece ser la consigna.
No sé si porque viví mi infancia en una pequeña ciudad del interior con un río que prácticamente se podía cruzar caminando, o si porque pasábamos nuestras vacaciones en la playa, o por los cuentos que mi padre me hacía de cuando surcaba los mares a bordo del barco petrolero en el cual oficiaba como médico, o por la suma de todas esas cosas y tantas otras que tal vez no alcanzo a vislumbrar, el hecho es que desde que tengo memoria, he sentido una profunda atracción por el mar. Eso hizo que en mi adolescencia decidiera ingresar en la Escuela Naval. Eran épocas difíciles en nuestro país, vivíamos en dictadura, algo de lo cual no tenía mucha conciencia en esos momentos. Aunque solo éramos aspirantes, desde el primer momento se nos hacía sentir el rigor de la disciplina , que nos quedara bien claro quién tenía el poder. Pero hubo un hecho que fue por demás significativo y que es en el que me quiero detener un momento. Una de las pruebas de ingreso era un examen escrito de matemáticas de tres horas de duración y los “encargados de cuidarnos” durante su transcurso eran los alumnos que pasaban al segundo año, es decir, los que habían pasado por esa situación el año anterior. Si bien han pasado muchos años desde ese día, recuerdo muy vivamente los rostros de esos jóvenes, apenas uno o dos años mayores que yo, lo implacable que eran con nosotros, lo poderosos que se sentían con la misión que les habían encomendado y haciéndonos sentir su poder como seguramente se lo habían hecho sentir a ellos los que ahora pasaban al tercer año. Recuerdo sus caras de terror cuando entraba un oficial y de satisfacción cuando éste se iba comprobando que todo estaba en orden. Se podrá decir que así es como funciona el régimen militar, la cadena de mandos, etc., pero creo que si nos fijamos bien veremos que así es como funcionan las cosas en los distintos ámbitos en que nos movemos cotidianamente, en el trabajo, en la escuela, en el ómnibus, y lo que es peor, en la familia. Y en todas esas situaciones el factor que une no es otro que el poder y su mejor aliado, el control.
Volviendo al tema de los paradigmas, Capra dice que de la definición de Kuhn respecto de la Ciencia puede ser ampliada a la de un paradigma social que él define como “una pláyade de conceptos, valores, percepciones y prácticas, compartidos por una comunidad, que forma una visión específica de la realidad, a su vez base del modo en que se organiza la propia comunidad” . Eso es lo que creo, existe un verdadero paradigma social que se basa en una serie de creencias del tipo de las que hacía referencia más arriba y que pone al poder como “don supremo”, como objetivo primordial. No es el dinero, como sostiene mucha gente, es el poder, y el dinero es la via regia para alcanzarlo.
Pero este paradigma está dando sobradas muestras de que no funciona, está en su etapa de caída, ya no puede dar respuesta a las necesidades y expectativas del hombre, lo que es peor aún, se está volviendo contra él. Pobreza, desigualdad, violencia, corrupción, son conceptos cada vez más frecuentes en los informativos y en cualquier tipo de conversación y se nos están haciendo peligrosamente comunes y cotidianos. Esto es lo que está logrando este paradigma, la riqueza se concentra cada vez más en un número menor de personas, lo que genera cada vez más pobreza, cada vez los ricos son más ricos y los pobres más pobres, es decir, aumenta la brecha entre unos y otros. Todo esto hace crecer la sensación de injusticia y la desesperanza, por lo que aumenta la marginalidad y la violencia. La obsesión por el dinero y el poder aumentan la codicia y con ella vienen el egoísmo, la insensibilidad, la corrupción. Como dice el emperador Calígula en la obra de Albert Camus, “si lo más importante es el dinero, entonces lo más importante no es la vida. Así que dejémonos de hipocresía, vamos por el dinero sin respetar la vida.” Esa parece ser la consigna, en su afán por acumular riquezas, el hombre está destruyendo el mundo. Contaminación, recalentamiento global, tala indiscriminada de los bosques. En un planeta donde la mayoría de su superficie está cubierta por las aguas, tenemos la increíble paradoja de que en no muchos años podemos quedarnos sin recursos hídricos.
Pero toda esta visión, que a simple vista puede parecer apocalíptica, tiene una alternativa.
Como decía al comienzo del capítulo, don Juan dice a Castaneda que somos cazadores de poder, el tema es que hemos equivocado la presa. Pretendemos cazar el poder incorrecto, el poder exterior cuando el que importa es nuestro propio poder personal. Como dice don Juan en el fragmento que incluí al comienzo, ese es el objetivo del camino del guerrero, convencernos de “ese poder incalculable que tenemos al alcance de la mano” y que es nuestro poder personal, y alcanzarlo, asumirlo y ejercerlo.
Carl Rogers, de quien ya he hablado en estas páginas, sostiene que “existe en todo organismo, a cualquier nivel, un movimiento subyacente que lo lleva hacia una realización constructiva de sus potencialidades inherentes. Existe en el hombre una tendencia natural al desarrollo completo. El término que ha sido más usado para designar este hecho es la tendencia actualizante.”
Este hecho, el de asumir que nuestro poder está dentro de nosotros, que es tangible, alcanzable, desarrollable, que es inherente a nuestra condición de organismo vivo y, por lo tanto, a nuestra condición humana es sin duda el puntapié inicial para una verdadera “revolución paradigmática”. Implica un viraje de 180 grados en la forma de ver al hombre y, por consiguiente, de ver el mundo. La visión del hombre del paradigma dominante actualmente es una visión pesimista, de un hombre que no es digno de confianza, al que “hay que decirle cómo tiene que hacer las cosas”, lo cual contiene implícitamente la idea de la necesidad de un control exterior, llámense padres, maestros, jefes, gobernantes. La consecuencia directa de esto es la dependencia y el consiguiente sometimiento. Una visión “centrada en la persona”, como le llama Rogers, implica todo lo contrario, “el organismo humano es, en su nivel más profundo, digno de confianza; que la naturaleza básica del hombre no es algo para ser temido, sino para ser liberado en la expresión responsable de sí mismo.” Es decir, esta visión apunta a la autonomía, al auto conocimiento que lleva a la posibilidad de un autocontrol y, por consiguiente, al bien más preciado por el hombre, la libertad.
Uno de los problemas que los terapeutas enfrentamos más frecuentemente en nuestros consultorios es el de la baja autoestima, y yo me pregunto ¿cómo podemos pretender que alguien tenga alta la autoestima cuando le hemos enseñado desde que nació que no confiamos en él, que debe reprimir lo que piensa y lo que siente, que debe acatar lo que dicen los mayores “sin contestar”? Y ni que hablar cuando nos enfrentamos con casos de personas que son o han sido sobreprotegidas. El mensaje básico que recibe esa persona de aquellos en quienes más confía es: “te sobreprotejo porque no creo en que tú puedas solo”, ergo, “no creo en ti”, “no confío en ti”. Imagínense un niño que comienza a caminar, si sus padres están siempre tomándolo de la mano, difícilmente aprenda a confiar en sus propias piernas y por lo tanto no se largará a caminar solo. Lo mismo pasa con todos los demás aspectos de la vida. La persona necesita aprender a confiar en sus propias fuerzas, en sus propios recursos. Si siempre encuentra a alguien que haga todo por él, difícilmente se anime a hacerlo solo.
Por todo esto, las personas criadas bajo el paradigma dominante esperan que todo les venga “de arriba”, que alguien les diga lo que tienen que hacer y se someten sin mayores problemas a la autoridad. Llegan a nosotros esperando “gurúes” que les digan qué tienen que hacer para solucionar sus vidas, van al médico esperando la “pastillita mágica” que les quite los dolores porque asumen que él es el que “sabe” como curarlos, y se resignan ante todo tipo de arbitrariedades, vengan de donde vengan. Pero, la tendencia actualizante puede ser obstruida, reprimida, pero nunca destruida, a no ser que se destruya al organismo mismo, entonces basta que algo o alguien haga que la persona tome contacto con un atisbo de esa tendencia, de su poder personal, para que esto comience a cambiar.
Mi madre fue criada dentro de una familia típica del interior de la primera mitad del siglo pasado. Mi abuelo trabajaba en el campo y mi abuela vivía en la ciudad criando a sus hijos. Mi abuelo nunca dejó que mi abuela se ocupara de lo referente al dinero excepto para gastarlo. Mi madre aprendió ese modelo y, dado que mi padre tenía una actitud muy parecida a la de mi abuelo, fue el que llevó a su matrimonio. Recuerdo muy vivamente las discusiones que, durante todo el tiempo que viví con ellos, mis padres sostenían respecto a como mi madre se sentía por no contar con dinero propio y tener que depender siempre de mi padre para cualquier gasto que quisiera hacer. Seguramente no era la única dependencia que tenía.
Como ya he contado en estas páginas, mi padre falleció imprevistamente en un accidente por lo que, de un momento a otro, mi madre se encontró con la difícil realidad de tener que hacerse cargo de una familia en la cual, si bien todos éramos grandes, solo yo era independiente. Mi madre no fue educada para administrar una casa ni nunca tuvo necesidad de aprenderlo en los treinta y pico de años que vivió con mi padre, por lo que muy poca gente, entre las que incluyo familiares y amigos, confiaban en que se las pudiera arreglar bien. Sin embargo, doce años después, mi madre ha demostrado a propios y extraños que contaba con recursos que ni ella misma conocía y que le han permitido afrontar con suma eficacia el desafío que la vida le puso por delante. Creo no equivocarme si digo que ahora es una mujer mucho más poderosa de lo que era cuando mi padre vivía y eso se debe básicamente a que logró descubrir y apropiarse de su poder personal.
Por supuesto el ejemplo de mi madre no es el único, conozco varios casos de mujeres que han quedado solas y que han pasado situaciones similares. Muchos podrán pensar que esto pasaba en familias que respondían a modelos que ya no existen y yo mismo llegué a pensar que esto era así, sin embargo la realidad del consultorio me ha mostrado con qué fuerza se mantiene el enfoque de pareja y de familia que responde al viejo paradigma. Parejas que no son “parejas” dado que los dos miembros no están en un plano de igualdad, horizontal, sino que uno, generalmente el hombre, mantiene una posición de superioridad frente al otro, lo que implica, la sumisión más o menos importante según el caso y el tema, la postergación y frustración del miembro de la pareja que está en situación de inferioridad. Esta forma de funcionar de las parejas deriva generalmente en que el miembro sometido, por decirle de alguna manera, tiene serios problemas de autoestima y muchas veces cae en estados depresivos. Se me podrá decir que para que esto ocurra, la responsabilidad es compartida. Sé que esto es así, no puede haber un opresor si no hay alguien que por un motivo u otro se deje oprimir. El tema es que generalmente la persona oprimida responde a un esquema que ha aprendido, en la mayoría de los casos, desde que nació. Por eso es de fundamental importancia, para que esta realidad cambie, facilitar el proceso para que estas personas tomen contacto consigo mismas y con su tendencia actualizante, con su poder personal. En todos los casos, el otro miembro de la pareja deberá estar dispuesto a colaborar y asumir los cambios que necesariamente deberán producirse en el funcionamiento de la pareja. He tenido la suerte de que, con toda las parejas con las que he trabajado, y que han sido unas cuantas, con más o menos trabajo y resistencias, esto se ha logrado. Pero no en todo los casos esto es así. En muchos casos, el otro no está dispuesto a bajarse de su posición, lo que puede conllevar la ruptura de la pareja.
Pero, en el contexto de una familia, esto no ocurre solo con la pareja. Este esquema es perfectamente aplicable a los hijos. Padres que intentan imponer su autoridad y decidir qué es lo mejor para sus hijos sin ni siquiera intentar saber qué es lo que ellos piensan o sienten, que no dialogan con sus hijos, y lo que es peor aun, que no les demuestran su afecto, parecen cosa del pasado, sin embargo esto es moneda corriente en el consultorio. Por eso creo que cada vez es más importante luchar por un cambio en las personas que genere una nueva forma de familia donde, como dice Rogers, “ el niño es tratado como una persona única, digna de respeto, con el derecho a evaluar su experiencia a su manera, con amplios poderes de elección autónoma. De igual manera el padre se respeta a sí mismo, con derechos que no pueden ser atropellados por el niño. En las relaciones entre compañeros, sean casados o no, los problemas son confrontados con tanta apertura como las dos personas son capaces. En otras áreas hay mucha libertad para que cada una de las personas de la pareja siga una dirección de vida, haga elecciones, se meta a trabajar o a otras actividades a su manera.
En estas relaciones la elección depende de la persona, lo mismo que la responsabilidad de esa elección. Es una relación de expresiones cambiantes de sentimientos y actitudes, en la que el otro trata de oír y escuchar con aceptación, pero con el derecho a tener también sus propios sentimientos y actitudes que también necesitan ser escuchados con aceptación.”
Ya hice mención a las condiciones necesarias e imprescindibles para lograr un vínculo terapéutico acorde a esta visión del hombre, me gustaría ahora mencionar dos casos que ilustran cómo éste funciona.
El primero de ellos corresponde a una mujer que llegó a la consulta en medio de una crisis que la tenía sumida en una fuerte depresión. Sumamente insatisfecha con su vida y culpándose de los problemas que estaban haciendo peligrar la continuidad de su pareja. Era una mujer joven que desde el primer momento me impresionó como sumamente inteligente. A medida que fui trabajando con ella, fui descubriendo que era una mujer muy talentosa, con un potencial enorme y que hasta ese momento estaba siendo bastante poco explotado. Estaba casada desde hacía un tiempo con un profesional exitoso y trabajaba con su padre en un negocio familiar. No tenía hijos. Ella desarrollaba una actividad en la cual era excelente pero que tanto su padre como su esposo se encargaban de que quedara en calidad de hobbie, ninguno de los dos la estimulaba y, si bien su esposo le había montado en su casa un espacio donde poder desarrollarla, era más una forma de mantenerla contenta y en casa que un apoyo. Si bien había logrado mucho a través de esa actividad, había sido en base a su solitario esfuerzo. Es más, poco a poco fuimos descubriendo cómo, su padre primero y su esposo después, se habían encargado de ponerle piedras en el camino aunque ambos mantenían un discurso que decía todo lo contrario. Hasta que llegó a la consulta ella había aceptado esas reglas de juego, aunque todo indicaba que algo en su interior se rebelaba contra ello. Cuando decidió consultar lo hizo con el apoyo de una amiga y sin que ni su padre ni su esposo lo supieran. Como era de esperar, ambos pusieron “el grito en el cielo” cuando se enteraron, conformando así una extraña alianza. Su depresión y la ausencia de deseo sexual, que hasta ese momento atribuía a su estado depresivo, eran signos evidentes de su profunda insatisfacción y de la necesidad de un cambio profundo. A medida que fuimos trabajando, ella fue entrando en contacto con la profunda bronca que le producía el ver cómo desde su adolescencia su padre se había encargado de sabotear todos sus intentos serios de crecimiento y de esa forma la había mantenido a su lado. Y más bronca aun cuando constató que su esposo seguía exactamente el mismo patrón que su padre. Era evidente, y así lo fue descubriendo, que toda esa bronca la estaba volcando en sí misma y de allí sus síntomas. Tanto su padre como su esposo se habían encargado, a lo largo de todos esos años, no solo de sabotearla, sino de convencerla de que no tenía forma de modificar el estado de las cosas, lo cual le generaba una profunda impotencia. Hasta que fue descubriendo que no era así, que sí podía hacerse cargo de su vida y de su crecimiento. Y empezó a cambiar su realidad, fue trasmutando su bronca en energía creativa. Comenzó a exigir cosas que hasta ese momento había pedido sin éxito, como usar el auto de la pareja, que su esposo le había negado con argumentos de muy escaso peso, y se decidió a entrar en contacto con alguien que había demostrado un gran interés por su trabajo y le había realizado una propuesta al respecto por demás interesante y que podía cambiar el curso de su vida. Mantuvo en secreto las negociaciones con esta persona y solo lo contó a su padre y su esposo una vez que el acuerdo estuvo firmado y en funcionamiento, lo cual los irritó mucho y, como era de esperar, intentaron convencerla de que no le servía. Pero ya era tarde, estaba aprendiendo a confiar en su poder personal y eso la hacía sentir sumamente bien y, por lo tanto, comenzaba a desconfiar de todo aquello que pudiera obstaculizarla en su proceso de crecimiento y realización personal. Lamentablemente un día me llamó por teléfono para decirme que había decidido suspender el proceso y no logré convencerla de que por lo menos me diera la chance de que nos viéramos una vez más para charlar sobre el tema. Me temo que los cambios fueron demasiado vertiginosos y que necesitó frenar en un intento de evitar cambios que se estaban tornando evidentes y para los cuales no se sentía aún preparada. Por supuesto hubiese querido seguir acompañando su proceso, pero dejar de venir fue su decisión, y como tal tuve que respetarla. Pero estoy convencido que esa renuncia será solo circunstancial. Como dice don Juan a Castaneda en el último capítulo de “Viaje a Ixtlán”, una vez que uno logró parar el mundo y ver que las cosas pueden ser de otra forma, que entra en contacto profundo con su gran aliado, su poder personal, ya no hay vuelta atrás, podrá acercarse más o menos a lo anterior, pero no volver a él, ya no podrá volver a Ixtlán.
El segundo caso corresponde a una mujer también con quien trabajé en el marco de una policlínica de tabaquismo en la que atiendo desde hace ya un tiempo.
Si bien a este lugar asiste gente que quiere dejar de fumar, tanto mi compañero médico como yo entendemos que no podemos ver el tema del cigarrillo aislado de la totalidad de la persona y su contexto y así tratamos de que los pacientes lo comprendan, lo cual ha demostrado ser sumamente efectivo dado el alto porcentaje de éxito que venimos obteniendo en aquellas personas que completan el programa. El otro pilar fundamental del tratamiento es lograr que las personas asuman plenamente su responsabilidad en el mismo, que nada que nosotros hagamos tendrá resultado si ellos no están realmente disponibles a lograr el objetivo.
Si bien esta señora venía enviada por su médico y no por propia iniciativa, en seguida se involucró decididamente en el tratamiento. Se trataba de una persona en el entorno de los 40 que “cumplía” con todos los “deberes” inherentes a su status de esposa, madre de hijos grandes, abuela y que además debía hacerse cargo de sus padres, personas mayores y enfermas. A poco de comenzar a trabajar con ella fue quedando en claro lo agobiada que se sentía y lo disconforme que estaba con su situación. También quedó claro el escaso apoyo con que contaba y, peor aún, la poca fe que su entorno tenía en sus posibilidades de lograr dejar de fumar. A medida que fuimos trabajando fue tomando más conciencia de lo fundamental de un cambio en su actitud general frente a su vida, de la necesidad de generar espacios propios, de poner límites, de que para que los demás creyeran en sus posibilidades, primero tenía que creer ella. Los cambios fueron notables, no solo dejó de fumar, sino que se la ve mucho mejor, incluso físicamente. Si bien ya hace un tiempo terminó el tratamiento, cada tanto pasa por la policlínica a visitarnos y nos permite apreciar lo consistente de sus cambios y lo bien que se la ve a partir de ellos. Por supuesto que no le fue todo fácil. Como era de esperar, sus cambios trajeron aparejadas resistencias en su entorno que ella manejó con suma solvencia, su esposo llegó a pedirle que volviera a fumar porque desde que no lo hacía estaba “cada vez más loca” y, si bien sigue teniendo problemas, se siente, y se la ve, con mucho mayor poder para enfrentarlos.
Como bien dice el Dr. Rogers, el poder en las profesiones de ayuda es un tema sumamente álgido. Es muy grande la seducción que genera el sentirnos capaces de “curar” y por eso es fundamental tomar conciencia y asumir nuestro verdadero papel en el proceso sanador de una persona. En el campo de la medicina esta seducción es aun más fuerte y es bastante frecuente observar como, tanto médico como paciente, responden a esa concepción a la que hacía referencia al comenzar el capítulo. Generalmente el paciente consulta buscando que le “curen”, poniendo toda la responsabilidad de su recuperación en el médico y sin mucha conciencia de su cuota parte, salvo en lo que concierne a seguir las instrucciones de éste. Por otra parte, los pacientes se quejan habitualmente de lo poco que los médicos los escuchan, del poco tiempo que les dedican y de que las consultas se limitan a unos pocos minutos en que le cuentan someramente lo que les pasa y el médico les manda algún examen, que muchas veces no se realizan, o les receta algún medicamento. Esta forma de funcionar se ve sumamente agravada en las instituciones mutuales donde el médico debe atender a un alto número de pacientes en muy poco tiempo. Todo esto ha llevado a lo que muchos consideran una desvirtualización de lo que debería ser el vínculo médico-paciente. Pero esto no es ajeno a la concepción de la salud que los médicos aprenden en las escuelas de medicina. El enfoque científico imperante en ellas restringe la idea del cuerpo a la de una gran máquina que a veces funciona mal y que por lo tanto el papel del médico consiste en diagnosticar la falla y repararla. Esta concepción se acerca más a la de un mecánico que a la del médico de Galeno y trae aparejado el rechazo al papel que desempeñan en la salud, tanto en su mantenimiento como en la recuperación, los aspectos mentales y espirituales. Quiero dejar bien en claro que mi discrepancia con lo que sería el “modelo médico tradicional” no implica desconocer los tremendos avances que la medicina ha tenido en la comprensión y el tratamiento de las enfermedades. Viví dieciocho años de mi vida al lado de un médico y eso me llevó a tener un profundo respeto por la profesión, pero creo que podría ser aun mucho más efectiva si aceptara otras propuestas y visiones, como sé que ocurre en muchos casos, algunos de los cuales conozco personalmente.
El trabajo de Dr. O. Carl Simonton en el Simonton Center es uno de los mejores ejemplos que conozco de una forma diferente de encarar el proceso curativo e implica un cambio radical en la forma de abordarlo. Desde que leí acerca del Dr. Simonton en el libro “Uncommon Wisdom” de Capra, quedé fascinado con su propuesta y desde allí he tratado de interiorizarme cada vez más en su abordaje llegando incluso a contactarme con el Centro a través de internet. Si bien el Dr. Simonton es oncólogo y su Centro está orientado al tratamiento de enfermedades graves, su propuesta es aplicable a cualquier tipo de dolencia. Su enfoque se basa en la idea de que para que un tratamiento sea realmente efectivo es imprescindible incluir los aspectos físicos, mentales y espirituales. En “Sanar es un viaje”, el Dr. Simonton escribe “nuestro trabajo con los pacientes ha demostrado que tanto el cuerpo como la mente y el espíritu intervienen en la salud. Y si bien es posible usar solo la mente para influir en el estado físico, se la usará con más eficiencia si se es consciente del espíritu.
El espíritu nos brinda recursos a los que no podemos tener acceso con los enfoques psicológicos tradicionales. Nos abre a fuerzas sanadoras que van mucho más allá del entendimiento que actualmente tenemos de nuestros propios límites. Y podemos aprender a hacer que ese poder se integre a nuestra vida.”
Pero lo más importante de este enfoque está dado en el cambio radical en la relación médico-paciente y en la imprescindible toma de responsabilidad del paciente en su proceso de enfermar y, por lo tanto, de recuperar la salud.
Reid Henson, coautor de “Sanar es un viaje”, es alguien que puede hablar con suma propiedad, dado que pasó por la experiencia de haber sido diagnosticado en 1979 de un cáncer terminal sin perspectiva alguna de recuperación y para el cual, según los médicos, no había ningún tratamiento eficaz. Con un pronóstico de supervivencia de un par de años, a la fecha de publicación del libro, año 1992, gozaba de muy buena salud. En las páginas de este libro, Henson narra su experiencia desde que se enteró de la existencia de su mal, su reacción frente al mismo, su pasaje por el Simonton Center y los resultados del mismo y además escribe una serie de cartas destinada a aquellas personas que se encuentran frente a tan movilizadora situación. En una de ellas propone la idea de que la persona asuma el rol de “administrador de su salud”. Dice Henson que se convirtió en el administrador de todos los recursos de que disponía en su experiencia con el cáncer, y aceptó plenamente la responsabilidad de los resultados. Consideraba que, en última instancia, todas las opciones eran suyas, incluso las que habían precedido al diagnóstico.
Como administrador se consideraba, “como alguien que había contratado a diversos especialistas para que proporcionaran a mi cuerpo los servicios necesarios. Entre estos especialistas se contaban médicos, enfermeras, radiólogos, técnicos de laboratorio, el personal del hospital, dietistas, fisioterapeutas, masajistas y otros profesionales de la salud.
Para que me ayudaran con mis procesos mentales, contraté psicólogos y psiquiatras... También pedí ayuda y orientación espiritual al pastor de mi iglesia y empecé a confiar más en mi grupo de apoyo inmediato, formado por mi esposa, familiares, amigos íntimos y compañeros de trabajo... Observe que utilizo la palabra “apoyo”, lo que refleja mi creencia en que a nosotros, los pacientes, nos cabe un papel fundamental en nuestra propia recuperación. Por eso siento que lo más productivo es ver a los demás como aliados que nos apoyan o ayudan en el cumplimiento de los propósitos que hemos escogido.”
Ese es el esquema básico de funcionamiento del programa Simonton, se crea un sistema compuesto por el paciente, el médico tratante, la persona más cercana afectivamente, un terapeuta y un representante de la religión del paciente, en el caso de que la tenga. Todas y cada una de estas partes son importantes y todas colaboran a un fin común que es apoyar y ayudar en el proceso del paciente de recuperar su salud. Pero el centro es el paciente, como dice el Dr. Simonton, el paciente “es el responsable de decidir el tratamiento y de cooperar con él y con su equipo de atención sanitaria. También es el responsable de sus propias creencias y de las emociones que de ellas resultan, que tendrán un importante efecto en la forma en que responda al diagnóstico y al tratamiento”
Este enfoque implica reconocer el enorme poder que las personas poseen respecto de su salud, de la forma de conservarla y de la forma de recuperarla una vez perdida. “Yo sé, en el nivel más profundo de mi conciencia, que dentro de cada uno de nosotros reside la sabiduría interior que es la fuente de toda curación” , dice el Dr. Simonton y su frase tiene una asombrosa coincidencia con la frase de don Juan con la que comencé este capítulo.
Ahora bien, todo esto que he escrito apunta a que todos podamos hacernos conscientes y asumir nuestra tendencia actualizante, nuestro poder personal, y creo de fundamental importancia que este proceso comience desde la cuna. Me parece imprescindible que los padres asumamos el compromiso de que nuestros hijos crezcan en este espíritu, que no tengan que esperar a ser adultos y concurrir a terapia para descubrir que tienen poder. Y en esto es fundamental lo que podamos hacer en nuestras casas y también el tipo de institución educativa que elegimos para ellos.
Uno de los aspectos del abordaje del Dr. Rogers que más me impactó fue su propuesta referente al aprendizaje, en ella propone desplazar el esquema tradicional donde el alumno es una especie de disco duro vacío que el docente debe cargar con una información que las autoridades de la enseñanza consideran que debe tener, por una nueva forma donde el alumno participa activamente en la confección de su currículo en función de sus propios intereses, así como también pueden los padres o demás miembros de la comunidad participar en la responsabilidad del proceso de aprendizaje, ya sea participando en la planificación curricular como en la forma de administración y operación que incluye conseguir fondos y confeccionar e implementar las políticas que faciliten la mejor gestión del proceso de aprendizaje.
En esta propuesta el docente se convierte en un facilitador del proceso de aprendizaje cuya autoridad no está basada en una relación de poder sino en un vínculo de mutua confianza con el alumno. El alumno aprende a confiar en el docente, no solo por sus conocimientos, sino también porque lo ve en su dimensión humana y se siente respetado y aceptado por éste en la suya. Esto se da en la medida en que el docente no solo provee de recursos de aprendizaje provenientes de libros, demás materiales o experiencias de la comunidad, sino también de su propio interior. Pero además anima a sus estudiantes a hacer lo mismo, con lo cual baja de su tarima de conferencista para integrarse a la clase en un vínculo que acrecienta enormemente los recursos creativos generando así un aprendizaje verdaderamente significativo.
Esto implica además generar en todo el ámbito educativo un clima de autenticidad, estima y escucha comprensiva que abarque a los distintos agentes del sistema educativo, docentes, dirección, personal de servicio y, por supuesto, a los alumnos, que contribuye a que el ambiente escolar sea vivido como un lugar donde vale la pena estar y no un lugar al que “no hay más remedio que asistir”.
Por otro lado, en este contexto, la disciplina se convierte en autodisciplina, todos aprenden lo importante de preservar ese ambiente, lo valoran y lo respetan en todas sus formas y se hacen responsables por ello.
En esta propuesta, lo más importante pasa a ser no tanto el contenido del aprendizaje, sino promover el proceso creativo del mismo, es decir, “un curso se termina exitosamente no cuando el estudiante ha ‘aprendido todo lo que necesita saber’, sino cuando él ha hecho un progreso significativo de aprender como aprender lo que quiere saber”.
Con referencia a la evaluación, la misma es realizada en cuanto a su cantidad y significatividad por el propio alumno, pero además es influida y enriquecida por la retroalimentación afectuosa de parte de sus compañeros y del docente.
“En este clima promotor del crecimiento, el aprendizaje es más profundo, avanza más rápido y penetra más en la vida y en la conducta del estudiante en comparación con el aprendizaje adquirido en el salón de clases tradicional. Esto sucede porque la dirección es escogida por uno mismo, el aprendizaje es autoiniciado y la persona completa, con sentimientos y pasiones lo mismo que con intelecto, está involucrada en el proceso.”
Como puede verse, las implicancias políticas de este tipo de aprendizaje son elocuentes y no es para nada extraño observar lo poco difundido que está a pesar del enorme potencial que encierra.
Cuando tomé contacto con estas ideas aún no tenía hijos y por lo tanto asumí el compromiso de que, cuando los tuviera, buscaría un lugar lo más cercano posible a esta concepción. Como tantas cosas en mi vida, el mismo llegó de forma inesperada. Cuando nos mudamos a la Costa, decidimos con mi esposa buscar una escuela cercana a nuestra casa pero que además nos asegurara un trato personalizado en especial para nuestra hija mayor que, por sus características personales, así lo requería. No fue fácil la búsqueda. En muchos lugares nos planteaban modelos alternativos a la educación tradicional, algunos mejores y otros, siempre según mi óptica personal, francamente peores. Hasta que conocí a alguien que me habló de una experiencia en un colegio en el que trabajaba, relativamente cercano a nuestra casa. Fuimos a verlo, tuvimos una entrevista con quien en ese momento era la subdirectora y sentí que había encontrado el lugar. Se qué en la decisión influyó significativamente el hecho de que esta persona, quien a la postre se ha convertido en una excelente amiga, trabajara allí. Se también que el lugar no es la panacea ni mucho menos, como todo lo humano tiene defectos y hay cosas que no comparto, pero ha sido, a lo largo de todos estos años, lo más cercano que he conocido a ese tipo de centro educativo que soñaba para mis hijas cuando leía a Rogers.
En este lugar, que está emplazado en una magnífica casa frente al mar, lo que de por sí le da un clima especial, los alumnos de cada año cuentan con una serie de materias que se dividen en sistemáticas y optativas. Dentro de las sistemáticas están aquellas que, dada la normativa vigente en nuestro país, se ciñen a los programas oficiales y que por lo tanto no se pueden eludir aunque sí darlas de la forma más creativa posible. Dentro de las optativas se repiten algunas de las sistemáticas, pero en una dinámica distinta y además existe toda una gama de posibilidades para que el alumno elija de acuerdo a sus propios intereses. Un ejemplo, los niños tienen clase de plástica como sistemática y en ella aprenden todo lo referente a distintas técnicas de expresión y luego pueden asistir a clase de plástica como optativa y allí ponen en práctica, con la supervisión del docente, todo lo aprendido en función de su propio interés creativo. Este sistema hace que el niño, en la medida que tiene que comenzar a tomar opciones, aprende a hacerse responsable de ellas, pero además aprende a sentirse partícipe de la creación de su propio proceso de aprendizaje.
No existe, como en la escuela tradicional, un docente único por grupo, sino que tienen un docente por materia, lo que, además de enriquecer el currículo, aumenta considerablemente la capacidad de relacionamiento de los niños con los mayores, la cual, en general es excelente.
Los grupos son pequeños, lo que facilita enormemente un vínculo personalizado del docente con cada alumno y de los alumnos entre sí y genera además una fuerte cohesión grupal.
Al sentirse plenamente involucrados en su proceso de aprendizaje, los niños se preocupan de conseguir y aportar todo el material que puedan, tanto exterior como interior.
El objetivo del sistema educativo implementado en esa escuela es el de generar un aprendizaje creativo y proyectivo, es decir, que los niños aprendan a generar proyectos tanto personales como colectivos de una forma creativa, poniendo en juego todos sus recursos y los que el ambiente les proporciona. Podría contar infinidad de ejemplos de cómo esto funciona pero hay uno en particular que creo que es por demás elocuente. Es tradición en el Colegio que a fin de año los niños se vayan unos días de campamento. También es tradición que, dado que es su despedida del colegio, el campamento de los niños de sexto año sea especial, por lo que, en una experiencia solidaria sumamente rica, los niños de los demás años colaboran con los de sexto con el objetivo de conseguir los recursos necesarios. A mediados de año, en una reunión que los padres de los niños de sexto tuvimos con la dirección, una madre planteo su preocupación de que, dada la difícil situación económica de nuestro país, los niños se fueran a quedar sin su campamento de despedida. Tanto el director como la coordinadora manifestaron que los niños iban a tener su campamento y que debíamos confiar en ellos, en que ese era su gran proyecto del año y que estaban trabajando activamente en ello. Es sumamente edificante verlos generar ideas de cómo obtener recursos para financiarse el campamento y gestionarlas poniendo en juego todos sus recursos creativos y comprometiéndonos a los padres en ello. Además lograron unirse niñas y varones, algo sumamente difícil a esta edad, detrás del objetivo común. Como era de esperar, los padres tuvimos que colaborar económicamente para que pudieran irse, pero el 50% del costo fue solventado por ellos y, lo más importante, lo que han aprendido de esta experiencia no lo olvidarán nunca.
Por supuesto que una experiencia educativa como esta necesita de gente comprometida realmente con la misma, desde la dirección hasta los alumnos, pasando por los docentes, el personal de servicio y, por supuesto, los padres y, si tenía alguna duda de ello, esta crisis que estamos atravesando ha puesto de manifiesto que esto es realmente así, lo cual es sumamente alentador.
Sé que como padre no puedo ser, ni me interesa serlo, objetivo al evaluar la propuesta. No nos olvidemos que no hay observador objetivo y que éste influye directamente sobre lo observado, pero lo que si sé es que los resultados saltan a la vista. Los niños que salen de allí son sumamente creativos, independientes, confían en si mismos y en sus propios recursos, tienen una forma de relacionarse con los adultos mucho más desinhibida pero a la vez respetuosa, valoran y se sienten valorados, en definitiva, lo que es más importante, son seres libres con todo lo que eso implica.
Para concluir, me parece de vital importancia que terapeutas, maestros, docentes y demás educadores, donde incluyo por supuesto a los padres, asumamos el desafío de generar los procesos que faciliten el acceso y contacto profundo de las personas con su tendencia actualizante, con la fuente de su poder personal, de forma tal que no solo recurran a ella en casos de extrema necesidad, sino que sea algo natural y fluido, que permita a la persona vivir su vida de la manera más plenamente posible y de esa forma forjar su propio destino.